Resulta fascinante cómo nos hemos acostumbrado a vivir en el reino de la estadística invertida. Nos bombardean a diario con lo que es "altamente probable" —que suba el precio del alquiler, que el próximo verano vuelva a batir récords de calor, o que te responda la máquina cuando intentas reclamar una factura—. Nos resignamos a ello porque, claro, la vida va para adelante y los ciudadanos o ciudadanas de a pie, no podemos hacer nada contra los precios de la vivienda, el cambio climático o la imposición de las máquinas
Sin embargo, lo verdaderamente revolucionario, lo que mantiene viva la chispa de la indignación, se esconde en ese maravilloso cajón de lo no probable pero sí posible al que me gusta asomarme y fantasear con lo que me encuentro.
A ver si me explico:
Es como cruzar la calle con el semáforo en verde: lo probable es que llegues sano y salvo a la otra acera; lo posible es que un patinete eléctrico a velocidad absurda decida que las leyes del espacio-tiempo no van con él. ¿Se entiende?
Si barremos un poco por los rincones de nuestra bendita rutina, nos topamos con verdaderos milagros de la probabilidad:
La odisea burocrática: Es del todo improbable que, al intentar conseguir una cita médica o realizar un trámite en la administración pública, te atienda un ser humano a la primera y resuelva tu problema en cinco minutos. Improbable no, roza la ciencia ficción. Pero oye, es posible. La esperanza es lo último que se pierde justo antes de haber perdido ya la paciencia y en muchos casos, la mañana.
La salvación del planeta a base de parches: Que las grandes cumbres climáticas y las normativas ecológicas —esas que nos prohíben las pajitas de plástico pero permiten que los jets privados sigan volando en manada— logren frenar el colapso medioambiental antes de que terminemos todos asados, es altamente improbable. Pero la fe mueve montañas (o lo que quede de ellas), así que sigue siendo posible.
La benevolencia de la industria farmacéutica: Que los gigantes de la salud decidan curar una enfermedad de forma definitiva en lugar de cronificarla para asegurarse un flujo eterno de clientes es un evento menos probable que el avistamiento de un unicornio en plena plaza mayor. Al fin y al cabo, el negocio está en el tratamiento, no en la sanación. Pero técnicamente, en algún rincón ético y olvidado del planeta, es posible.
Gobernar, gestionar e incluso sanar a la sociedad basándose únicamente en lo "probable" es la excusa perfecta para el inmovilismo y el beneficio de unos pocos. Y así, nos conformamos con una realidad gris, medicada y plastificada.
La denuncia social no nace de lo que estadísticamente va a pasar, sino de la rebeldía de saber que otra cosa es posible.
No es probable que cuatro gatos barriendo los rincones de la indiferencia vayan a cambiar el mundo mañana por la mañana. No es probable que una pizca de ironía despierte a las conciencias más oxidadas. Pero, mientras sigamos tecleando y señalando las grietas del sistema... sigue siendo absolutamente posible.
¿o no?
Os dejo con La Maza del gran Silvio que siempre saber poner palabras a lo que yo no alcanzo...
https://www.youtube.com/watch?v=EIvmWTMIp3w
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